ENTRE LA NIEVE Y EL OLVIDO
Caminaba de noche, por una calle cualquiera del pueblo que le vio nacer, y que ahora se había convertido en el cementerio de su juventud. Escuchaba sus pisadas acariciar con firmeza el asfalto, mientras sentía la promesa de un nuevo y mejor año en el viento frío del invierno. Pequeños copos de nieve comenzaron a revolotear a su alrededor, besando sus mejillas y haciendo que mirara al cielo con ojos cargados de nostalgia.
Pero su mirada pronto abandonó el brillo infinito de las estrellas que asomaban entre las nubes, y se centró en la cálida luz que escapaba del interior de la casa por el cristal de la ventana. Se quedó muy quieto, intentando escudriñar las entrañas de la vivienda, el calor de esa luz anaranjada, sin duda fruto de un buen fuego, lo llamaba. Pero no fue hasta que cerró los ojos que pudo ver con claridad; entonces observó con atención el interior de la casa.
En su cuna la niña dormía. Estiró sus pequeñas piernas y lanzó un suspiro de placer que hizo caer el chupete de su boca. Una tierna y pura sonrisa se dibujó en su rostro, provocando que su padre la mirara con los ojos humedecidos, preguntándose cómo era posible que hubiera podido vivir sin ella. Al otro lado de la cama una figura se revolvió entre las mantas. Su mujer dormía plácidamente. Le apartó un mechón de pelo de la cara y mantuvo la mano sobre su cabeza durante un instante, antes de retirarla con una suave caricia.
Un creciente murmullo lo sacó de esa pequeña burbuja de felicidad.
De repente se vio en la planta baja, envuelto entre el alegre tintineo de copas y risas desaforadas, que rememoraban anécdotas edulcoradas por el paso del tiempo.
Su mujer lucía un alto moño, adornado con brillantes que destellaban con cada movimiento de su cabeza. Al otro lado de la mesa, separadas por varias personas que no dejaban de hablar y moverse, una joven no apartaba su vista del teléfono móvil. Él la miró con dulzura, y como si ella detectara esa mirada, levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron, y todas las discusiones de los últimos tiempos quedaron olvidadas, su tierna y pura sonrisa volvió a aflorar en su rostro. El hombre sintió que rejuvenecía veinte años, hasta el momento en el que sostuvo a su hija en brazos y sus miradas se encontraron por primera vez, quedando conectados de por vida.
Se volvió a perder en esos ojos, y poco a poco, el ruido de la fiesta se fue apagando. Las personas desaparecían como nubes de polvo arrastradas por el viento. Entonces le bastó un parpadeo. Solo un leve, casi imperceptible parpadeo, y todo desapareció.
Estaba en el mismo salón, aunque parecía totalmente diferente. Tal vez por encontrarse vacío de gente, tal vez por estar en absoluto silencio, o puede que porque la única luz que brillaba era la de un pequeño y frio fuego. Lo que era seguro es que su corazón, antes henchido por la alegría de los tiempos pasados, se encontraba ahora triste y oscuro. Anduvo unos pocos pasos, en dirección al pequeño hogar, frente al cual su mujer descansaba en un sillón castigado por los años. Los mismos años que habían menguado su figura, encanecido su melena, y mermado su salud. Respiraba con dificultad, casi se diría que con dolor. «Pronto todo acabará. Llévela a casa». Las palabras del médico resonaron por toda la estancia. El hombre se volvió sobresaltado, buscando el origen de la voz. Pero en realidad lo único que quería era salir de ahí, abandonar ese frio y oscuro lugar. Se movió asustado, dónde estaría la fiesta, dónde estaba la joven, su hija, su pequeña niña; necesitaba ver esa sonrisa.
Sin quererlo se topó con la ventana, algo lo detuvo, obligándolo a mirar afuera. Un hombre lo observaba. Algo en su rostro le llamó la atención. No lo miraba a él, en realidad no miraba nada, tenía los ojos cerrados. Una fuerte opresión en el pecho le cortó el aire, una increíble y aterradora verdad golpeó su cabeza; ese hombre era él mismo. Antes de que su cuerpo colapsara abrió los ojos y respiró con fuerza el aire gélido de la calle.
Volvía a observar la casa, ahora con los ojos abiertos. Pero ya no brillaba ninguna luz en su interior. La edificación lo miraba con sus múltiples ojos de cristal oscuros como la noche, fríos y siniestros.
El hombre lanzó un breve suspiro al aire y volvió a caminar. Las estrellas comenzaban a apagarse, pronto llegaría el día y todo terminaría. Un año más recorría las calles de su pueblo en Nochebuena, un año más observó su antigua casa, su antigua vida. Pero pronto todo desaparecería y él no sería más que un recuerdo del ayer. O tal vez nada de todo aquello existiera jamás, puede que él no fuera más que esos copos de nieve que se perdían en la noche.
Rubén Peña.

Precioso relato!!!
ResponderEliminarReal o ficción,?
Gracias por tu comentario. Todo relato tiene algo de real y algo de ficción, pero ¿en qué medida?…
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