Cerró los ojos. Solo fue un parpadeo, un rápido batir de párpados como el grácil aleteo de un pájaro para desplazarse de una rama a otra. Pero él no estaba en una rama. Sostenía en sus infantiles manos una cinta de video con demasiadas tachaduras en la etiqueta, la insertó en el reproductor y se sentó sobre la áspera y firme alfombra. En el pequeño televisor la imagen en blanco y negro le arrancó una ancha sonrisa. Contemplaba, por enésima vez, y con absoluta felicidad, a Tony Curtis y Jack Lemmon discutir sobre su futuro matrimonio. Era el final de la película, pero también era su parte favorita. Se acercó de rodillas hasta el video, colocando el dedo sobre el botón de rebobinar, esperando a la frase final para pulsarlo y ver la cinta de principio a fin. «Bueno, nadie es perfecto», dijo el televisor. Una suave carcajada de satisfacción brotó de sus labios, pulsó el botón y cerró los ojos durante un segundo.
Solo fue un segundo, un pequeño, pero a la vez, gigantesco segundo. Ahora estaba en un patio enlosado. Dos niños, sus hermanos pequeños, discutían acerca de un pequeño triciclo. El más mayor cogió el juguete y lo tiró a la zona de las plantas, separada del patio por un pequeño bordillo. El niño más pequeño enfiló sus inexpertos pasos hasta el jardín. Entonces sintió miedo, y una voz en su interior le chilló: «¡No podrá pasar el bordillo, se va a caer!». Intentó gritar, pero de sus garganta solo salió un patético graznido. Intentó moverse, pero su cuerpo pesaba y se frenaba como si estuviera sumergido en una piscina. Su hermano cayó. No como él esperaba, con la cara sobre la tierra llenándose los ojos de arena y llorando por el susto. No, cayó de espaldas, golpeando su cabeza contra el duro suelo enlosado, quedando con los ojos en blanco y el pequeño cuerpo rígido y pesado. La sangre se le heló, algo en su cabeza hizo «click» y su voz chilló llamando a su madre. Cerró los ojos, pero aún así las lágrimas encontraron la manera de salir.
Cuando los abrió estaban secos. El sol caía a plomo sobre su cabeza, calentando su pelo rizado y casi quemándole en los brazos. El verano estaba cerca, y volvía caminando del colegio junto a sus dos hermanos pequeños.
–Te digo que sí –dijo señalando la puerta verde metálica que había un poco más adelante en el pequeño callejón por el que caminaban–, ahí vive una bruja. ¿Verdad Edu?
–Sí –corroboró este volviéndose hacia el menor de los tres–. El otro día cogió a un amigo mío y ya nadie lo ha vuelto a ver. Le gustan pequeños, como tú.
En ese momento, y como si la última palabra fuera una contraseña, salieron a correr, cruzando por delante de la puerta y dejando a su hermano pequeño solo al otro lado.
–¡Vamos Nene, cruza!– le gritaban intentando no partirse de risa ante el rostro enrojecido y asustado de Guillermo. –Date prisa, que ya viene, va a abrir la puerta y te va a coger.
Guillermo empezó a llorar, y cruzó corriendo con los ojos cerrados. Se abrazó a él, llorando desconsolado mientras ellos reían cruelmente. Pero la pena se abrió camino entre las carcajadas, y ambos abrazaron y consolaron a su pequeño hermano, fundiéndose por un breve instante en un abrazo de tres. Cerró los ojos y aspiró la felicidad que todos sentían en ese momento pero de la que nunca hablarían. Cada uno la guardaría para sí en secreto, como si de un raro y vergonzante tesoro se tratase, como algo que contemplar en la soledad más absoluta y silenciosa; cuando el mundo duerme y nuestro corazón se desboca emocionado por los recuerdos.
Al volver a abrir los ojos estaba solo. Contemplaba el suelo de una habitación, con esas frías y silenciosas baldosas formadas por multitud de tonos marrones. Las lágrimas corrían por su cara hasta la punta de la nariz, unas cuantas descansaban en el suelo, devolviéndole la enrojecida y triste mirada. Su abuelo acababa de morir. Y la frase que tantas veces le dijera cuando era niño se había cumplido; «amigos, hasta que la muerte nos separe». No sabía si estaba más triste por la pérdida, o por el miedo a que esa frase se cumpliera. Cerró los ojos, apretándolos con fuerza.
De nuevo el sol brillaba ante él. Una figura apareció de repente, haciendo que luz solar pareciera solamente el tímido titileo de una pequeña vela, ocultando y acallando a las decenas de personas que se arremolinaban a su alrededor, deteniendo el aire, los sonidos, su respiración, incluso su corazón y hasta al mismo tiempo. Contemplaba a su mujer, caminando hasta él, vestida de blanco y sujetando un precioso ramo de flores. La felicidad y la alegría le golpearon tan fuerte que dejaron en él una huella imborrable; jamás olvidaría aquel día, nunca tendría palabras suficientes para agradecer tanta dicha.
Otra imagen ocupó su visión. Ahora sostenía una pequeña mano, con miedo de apretarla demasiado fuerte, contemplaba los ojos más pequeños y hermosos que jamás hubiera visto devolverle la mirada. Pero pronto su visión fue inundada por las lágrimas, y su hija recién nacida quedó emborronada.
Cuando consiguió secarse los ojos seguía mirando a su pequeña, pero ya no era tan pequeña. Una rápida sucesión de imágenes le asaltaron. En menos de un segundo observó el crecimiento de su hija, alternando risas con lloros, juegos bajo el sol con tardes grises de invierno en el sofá, discusiones acaloradas con conversaciones llenas de alegría… La felicidad de nuevo lo invadió. Pero era una felicidad diferente. Más que felicidad sentía realización, sentía que todo tenía sentido, que todo había merecido la pena. Entonces volvió a cerrar los ojos y aspiró con fuerza.
Su mujer le devolvía la mirada. Ya no era la joven rubia enfundada en un vestido blanco de princesa de cuento. Era una anciana, con la piel amarillenta debido a la medicación y los ojos cansados buscando una respuesta. Sus manos estaban entrelazadas, no hablaban, no hacía falta. Cada uno se perdió en la mirada del otro, como tantas veces hicieran a lo largo de los años, ambos sabían que era la última vez que se verían.
Y así permanecieron durante bastante rato, no obstante, ambos hubieran cambiado todo, todo absolutamente, por solo un segundo más, solo un poco más de tiempo, solo un breve instante sintiendo la mirada y el corazón del amor de su vida. Pero todo acaba, y eso también terminó, demasiado pronto, o demasiado tarde, o puede que a su debido tiempo; ¿quién puede decirlo?
Soltó la mano de su esposa y cerró los ojos.
Cuando los abrió ya no vio nada más. Solo el fuego de la chimenea que ya comenzaba a extinguirse. En su vieja mano, la misma que hacía un momento sujetaba una cinta de video, había una copa vacía de vino. Se inclinó un poco y la dejó en el suelo. Un pensamiento comenzó a abrirse paso en su mente; «Bah, no importa», se dijo apartándolo y olvidándolo al instante.
Recostó la cabeza y volvió a cerrar los ojos, puede que por última vez, o tal vez como si fuera la primera ocasión en que lo hacía. Lo único cierto es que cuando los abrió sostenía en sus infantiles manos una cinta de video con demasiadas tachaduras en la etiqueta…
Rubén Peña.

Arrugas en el alma en la piel ,y en el tiempo que no espera ni perdona....
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