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Poema Stephen King

No pedimos esta sala ni esta música. Nos invitaron a entrar. Por lo tanto, como la oscuridad nos rodea,  volvamos las caras hacia la luz. Superemos la dificultad de agradecer la abundancia. Nos han dado el dolor para quedarnos  pasmados ante la alegría. Nos han dado la vida para negar la muerte.  No pedimos esta sala ni esta música. Pero ya que estamos aquí, bailemos . Poema escrito por Stephen King para el episodio final de la serie  22.11.63 .
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Todo será perfecto

TODO SERÁ PERFECTO  La camisa del uniforme, de un marrón amarillento gastado por los lavados, le estaba pequeña, demasiado apretada. Los pantalones negros, igualmente castigados, le ajustaban demasiado en el trasero y muslos. Los llevaba sin cinturón y los días que comía demasiado debía desabrocharse el botón, por suerte, la barriga colgaba lo suficiente como para tapar esa parte. En su cintura, la porra de vigilante de seguridad se movía siguiendo el bamboleo de sus anchas caderas.  Daniel entraba, como cada tarde, a su puesto de trabajo en unos grandes almacenes dedicados a la venta de ropa. Hoy se había repeinado hacía atrás usando gomina; era un día especial. Miraba con ojos alegres y saludaba con su sonrisa bobalicona a todos los empleados con los que se cruzaba. Los hombres sonreían a su paso, aguantando la risa, ahogando los chistes y gracias que se les ocurrían, aunque más tarde los comentarían entre ellos. Ellas lo miraban fugazmente y lo saludaban sin mucho aspavient...
  La célebre rana saltarina del condado Calaveras MARK TWAIN A pedido de un amigo mío, quien me escribió una carta desde el Este, visité a Simon Wheeler, un anciano bondadoso y charlatán, y pregunté por el amigo de mi amigo,  Leonidas  W. Smiley, tal como me lo habían pedido. A continuación paso a relatar el resultado de dicha entrevista. Tengo la leve sospecha de que  Leonidas W. Smiley es un mito; que mi amigo nunca conoció a esta persona, y que éste sólo conjeturó que si yo preguntaba por él al viejo Wheeler, le recordaría al célebre  Jim  Smiley y se pondría a relatar hasta el aburrimiento algún recuerdo exasperante de dicho personaje, un relato tan largo y tedioso como inútil para mí. Si ése fue el propósito, dio resultado. Encontré a Simon Wheeler dormitando cómodamente junto a la estufa del bar de la ruinosa taberna situada en el decadente campamento minero de Ángel. El señor Wheeler era gordo y calvo, con una expresión de encantadora amabilidad y si...

El gusano

         EL GUSANO   Frip frap frip frap , el pequeño gusano arrastraba su cuerpo blanquecino, casi transparente, por la encimera de mármol rosa de la cocina. No pensaba en nada, ¿piensan en algo los gusanos? Solo en comer, me dirás. Pero si solo piensan en comer, ¿qué piensan cuando ya han comido? No, volverás a decirme, puede que pensando que esto es una pérdida de tiempo, solo piensan en comer, da igual que hayan comido o no. De acuerdo, yo no sé en qué piensan, si es que lo hacen, los gusanos, solo sé que un pequeño, blanquecino y casi transparente, gusano, se arrastraba por la superficie de una encimera rosa. La encimera no mediría más de tres metros, pero tres metros puede ser una inmensa ciudad para un gusano, más que eso, puede ser el mundo entero. Sin embargo, el mundo se acabó. Un trozo de papel de cocina lo borró del mapa, lo despachurró, dejando la mitad de su cuerpo formando una fina y cálida linea sobre el frío mármol.   La joven miró el...
PARPADEO Cerró los ojos. Solo fue un parpadeo, un rápido batir de párpados como el grácil aleteo de un pájaro para desplazarse de una rama a otra. Pero él no estaba en una rama. Sostenía en sus infantiles manos una cinta de video con demasiadas tachaduras en la etiqueta, la insertó en el reproductor y se sentó sobre la áspera y firme alfombra. En el pequeño televisor la imagen en blanco y negro le arrancó una ancha sonrisa. Contemplaba, por enésima vez, y con absoluta felicidad, a Tony Curtis y Jack Lemmon discutir sobre su futuro matrimonio. Era el final de la película, pero también era su parte favorita. Se acercó de rodillas hasta el video, colocando el dedo sobre el botón de rebobinar, esperando a la frase final para pulsarlo y ver la cinta de principio a fin. «Bueno, nadie es perfecto», dijo el televisor. Una suave carcajada de satisfacción brotó de sus labios, pulsó el botón y cerró los ojos durante un segundo. Solo fue un segundo, un pequeño, pero a la vez, gigantesco segundo. A...
  EL RETRATO El retrato lo contemplaba silencioso desde la pared. La luz procedente de una vieja farola era la única que se atrevía a penetrar entre las sombras de la habitación, las nubes de humo de tabaco y la fragancia a alcohol, que impregnaban el ambiente. El hombre, al que escudriñaba el retrato, estaba sentado, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y los ojos casi cerrados.  Una pequeña presión en sus piernas hizo que terminara de despegar los párpados. Azúcar, su pequeño gato, se había posado en sus muslos. Lo miró, con ganas de acariciarlo y de apartarlo de un manotazo a la vez, la boca se le agrió y desvió la mirada. Por un breve, pero a la vez interminable momento, sus ojos se encontraron con la mirada inmortal e inalterable del retrato. Rápidamente se incorporó y con movimientos torpes cogió el vaso de whisky de la mesa vaciándolo de un solo trago. El alcohol arañó su garganta y cayó como un saco de piedras puntiagudas en su estómago. Pero lo peor era la pe...
Sueños de papel Se apartó de los demás, arrastrándose sin hacer ruido hasta un rincón. Cogió una de las muchas y roídas mantas desperdigadas por el suelo, y se cubrió con ella, cabeza incluida, para aislarse del mundo, y sobre todo, de la habitación, impregnada del olor a humo de chimenea, y del sudor de su familia. El tenue resplandor rojizo de las pobres ascuas que morían en el hogar se colaba por debajo de la manta, proporcionándole la luminosidad suficiente. Hurgó entre los pliegues de su ropa, hasta que sacó lo que buscaba. Las solapas de cartón desteñidas presentaban varios agujeros, pero ya se habían secado. Las desplegó, y un puñado de páginas, duras y amarillentas, refulgieron con luz propia, con la luz y la alegría que sintieron las palabras al ser observadas después de tanto tiempo. Deslizó los mugrientos dedos por ellas, con cuidado de no mancharlas, con miedo de borrarlas, y con un cosquilleo extraño recorriéndole las tripas y el pecho. El tacto de las páginas era suave y ...