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Todo será perfecto

TODO SERÁ PERFECTO 



La camisa del uniforme, de un marrón amarillento gastado por los lavados, le estaba pequeña, demasiado apretada. Los pantalones negros, igualmente castigados, le ajustaban demasiado en el trasero y muslos. Los llevaba sin cinturón y los días que comía demasiado debía desabrocharse el botón, por suerte, la barriga colgaba lo suficiente como para tapar esa parte. En su cintura, la porra de vigilante de seguridad se movía siguiendo el bamboleo de sus anchas caderas. 

Daniel entraba, como cada tarde, a su puesto de trabajo en unos grandes almacenes dedicados a la venta de ropa. Hoy se había repeinado hacía atrás usando gomina; era un día especial. Miraba con ojos alegres y saludaba con su sonrisa bobalicona a todos los empleados con los que se cruzaba. Los hombres sonreían a su paso, aguantando la risa, ahogando los chistes y gracias que se les ocurrían, aunque más tarde los comentarían entre ellos. Ellas lo miraban fugazmente y lo saludaban sin mucho aspaviento, casi ocultándose. Sentían pena de él, pero tampoco querían que nadie las viera siendo excesivamente amables, no fuera a ser que...

Daniel, o mejor dicho Dandán, era el encargado de vigilar la tienda durante la noche. Le llamaban Dandán desde el colegio, debido a que cada vez que decía su nombre lo hacía de la siguiente manera: « Me llamo Dan Dan…Dannnniel». No era tartamudo, pero su vergüenza excesiva afloraba siempre que conocía a alguien, esto, unido a que no era demasiado inteligente, por decirlo suavemente, provocaba este tipo de situaciones. Como hacía un par de fines de semana en que salió a comprar una hamburguesa. Mientras esperaba en la cola, leía los carteles tras el mostrador, decidiendo lo que pediría. Cuando por fin escogió aún tenía a dos personas delante. Se pasó todo ese tiempo, al rededor de cinco minutos, repitiendo una y otra vez en su cabeza el nombre de la hamburguesa: «Hamburguesa texana, hamburguesa texana. Una, por favor, Hamburguesa texana, hamburguesa texana... mejor dos, sí, dos. Dos hamburguesas texanas, dos hamburguesas texanas…».

 Cuando por fin llegó su turno dijo limpiamente: «Dos hamburguesas texanas por favor». La joven dependiente despegó los ojos de la pantalla de pedidos y, sin dejar de masticar su chicle, dijo: «¿Cómo? No te he oído». Dandán se puso nervioso y señaló, estirando mucho el dedo y apretando los labios, el cartel donde aparecía la foto de la hamburguesa que quería. El problema era que ese mismo cartel mostraba como unas quince hamburguesas más. La dependiente lo interrogó con la mirada y le preguntó dos veces más qué era lo que deseaba. Dandán se quedó bloqueado, sin dejar de señalar, con la cara contraída mordiéndose el labio inferior, cada vez más rojo. Cuando la joven mascadora de chicle se dio cuenta de que su cliente era un poco monger, como ella solía definir a esas personas, se tapó la boca para evitar que la risa saliera de ella. Pero no pudo evitar escupir el chicle, que golpeó el dedo enhiesto de Daniel y cayó al mostrador. La vergüenza se hizo insoportable y, cuando notó que se le iban a escapar las lágrimas, salió del establecimiento casi a la carrera mientras las risas y murmullos de los demás clientes le perseguían.

Pero hoy era un gran día, nada de eso le preocupaba. Se había echado gomina en el pelo, como ya se ha dicho, estrenaba ropa interior y se había perfumado con la colonia buena de su padre, todo saldría genial. Avanzaba entre los percheros de ropa, alrededor de clientes apresurados que ultimaban sus compras y trabajadores que contaban los segundos para salir pitando. Y de repente la vio. Ella no debería estar ahí, ese no era su lugar habitual, no obstante allí estaba. Sintió el rubor dispararse desde su estómago hasta su cara, estaba preciosa. Apretó el paso y rezó para que ella no le viera. Se introdujo en su oficina y cerró la puerta con rapidez, apoyando la espalda contra ella y resoplando aliviado; creía que lo había conseguido, había pasado sin ser visto.  La habitación en la que entró no era una oficina, aunque él la llamara así. No era más que un pequeño cuartucho sin ventanas, apenas iluminado por una solitaria y triste bombilla, con las paredes de bloques de hormigón, en el cual habían colocado un viejo escritorio y una silla. Se sentó y repasó mentalmente todo lo que tenía planeado. 

La primera parte, desarrollada en la casa de sus padres, con los que a pesar de tener más de cuarenta años todavía vivía, discurrió a la perfección. Estiró los dedos de los pies dentro de sus zapatos, recién abrillantados y que lucían como impecables. Sentía el tacto de los calcetines nuevos deslizarse con suavidad por la punta de sus dedos. Inhaló con fuerza, y el aroma dulcemente rígido de la colonia inundó sus pulmones, el olor le recordó a su padre. Desde que tenía uso de razón su padre usaba esa colonia para los días especiales. Le vino a la memoria un domingo en el que yendo en el coche familiar, para comer en el nuevo restaurante que abrieron ese fin de semana a las afueras de la ciudad, este le contó que el siguiente año iría a un colegio diferente. Habían decidido cambiarlo de centro escolar para que, en palabras de su padre, pudiera hacer nuevos amigos, ya que los niños de la actual escuela no lo entendían. Recordó la alegría llenar su pecho junto al aroma de la colonia que inundaba el habitáculo del viejo Ford. No era cierto que los niños del colegio no entendieran a Dandán, eso era una manera muy ligera de decir que lo que realmente pasaba era que lo acosaban haciéndole la vida imposible. Era el bufón de la escuela, no tenía amigos. Cada vez que algún niño se acercaba a él y se ganaba su confianza, haciéndole pensar que esa vez sí tendría por fin un amigo, solo lo hacía para poder engañarlo y hacerlo caer en una cruel broma. Muchas veces recordaba con amargura aquella vez en la que uno de sus «amigos de dos días» le dijo que había convencido a los demás niños de la clase para que fueran también amigos suyos. Solo debía meterse durante dos minutos en el armario del aula. A Dandán le daba un miedo terrible la oscuridad y los demás lo sabían. Por eso, y debido a su crueldad infantil, cuando este accedió a hacerlo y se introdujo en el armario, temblando ya de miedo, lo encerraron y se fueron al recreo. Estuvo durante más de media hora atrapado en el armario, pasando tanto miedo que ni siquiera se atrevía a moverse. Cuando sus compañeros le abrieron, partiéndose de risa, lo vieron temblando de pies a cabeza, como si estuviera congelado, con la cara empapada en sudor y lágrimas, y los pantalones mojados por su orín. La profesora tuvo que avisar a sus padres para que se lo llevaran a casa. 

Pero en el nuevo colegio tampoco hizo amigos. Y para su desgracia la situación era demasiado parecida a la que se daba el año anterior. En el instituto no tuvo mejor suerte, las bromas cesaron un poco. Pero si bien eran menores en cuanto a frecuencia crecieron en crueldad, llegando incluso a las agresiones físicas en muchas ocasiones.

En definitiva, nunca tuvo amigos, y ya hacía mucho tiempo que renunció a tenerlos. Su amigo era él mismo, como le decía su madre, y los personajes de los cómics que le gustaba leer. Pero todo cambió cuando la conoció a ella.

Unos débiles y rápidos golpes sonaron en la puerta. La cabeza de un hombre calvo, con grandes gafas de cristales gruesos asomó y le dijo:

—Dandán, nos vamos ya. Ven a cerrar y conecta la alarma.

Se levantó y siguió a su jefe mientras rebuscaba las llaves en su bolsillo. El almacén estaba casi a oscuras, solo brillaban unos pocos focos de luz, los suficientes para ver sin tropezar. Como es lógico ya no quedaban clientes, los empleados se habían marchado también, solo quedaba don Ramón. Mientras lo seguía por los pasillos repletos de ropa pensó en lo bueno que había sido al contratarlo. Era amigo de su padre y, durante los casi diez años que llevaba trabajando para él, siempre lo había tratado bien. Incluso una vez lo invitó a la cena de Navidad de la empresa. Pero cuando llegó al restaurante no había sitio en la mesa para él: «un error imperdonable del restaurante», le dijo don Ramón. De modo que tuvo que volver por donde había venido, eso sí, con su cena debidamente guardada en una bolsa de plástico. Desafortunadamente tampoco pudo disfrutar de ella, ya que al dejar la bolsa un momento en el suelo mientras preparaba el dinero del autobús, un perro callejero, rápido como una liebre, pasó corriendo llevándosela en la boca. Se quedó mirando al perro alejándose veloz, un chico reía a su espalda mientras decía algo así como: «No veas tío, ese puto perro se ha llevado tu bolsa». Pero él, con su habitual sonrisa bobalicona, pensaba: «Espero que este tan buena para ti como una pizza cuatro estaciones para mi».


Tras despedirse de su jefe cerró la puerta con doble llave y conectó la alarma. Un sinfín de mariposas revolotearon por su estomago, había llegado el momento. Volvió a la oficina y cogió su bolsa. De ella sacó una pequeña radio de cd y un pequeño bote de cristal, y se dirigió a donde estaba ella.

Un foco solitario la iluminaba, centrándola en un circulo de luz rodeado por tinieblas. Le parecía que esa luz artificial la hacía resplandecer maravillosa, estaba más guapa que nunca. Hoy le habían puesto una peluca morena de pelo largo, tanto mejor, siempre pensó que ese era su color. Si bien es cierto que cuando la vio por primera vez no llevaba peluca alguna, la vio completamente calva, pero aun así sintió la llama del amor prender su pecho. Desde entonces la veía casi a diario, con ropa y pelucas diferentes, pero siempre preciosa. Hacía más de un año que decidió que era la mujer de su vida, y ella lo sabía y estaba de acuerdo. No se lo había dicho a él con palabras, ya que era un maniquí, pero ¿qué importaba eso? Sabía que lo quería y eso era lo único relevante.

Colocó la radio a sus pies y pulsó el botón de reproducción de cd, comenzó a sonar you are so beautiful, de Joe Cocker, era su canción. Dandán se subió al pequeño pedestal donde ella se erguía con postura vaporosa. La besó en los labios y le dio de beber del frasco, el liquido se derramó por su piel de plástico, aunque él lo viera entrar en su boca de fresa. La canción sonaba y él la tarareaba. Bebió lo que quedaba. Sintió el veneno dulce y picante bajar por su garganta. Se tumbó a los pies de su amada, rodeándolos con los brazos.

Sabía que era un maniquí, no estaba tan loco como para no darse cuenta. Pero también sabía que era lo único que había amado en su vida, y ella también lo quería. Tenía que quererlo, no podía ser que ella también lo rechazara. Ella no era como las demás personas, bueno, no era una persona, pero por eso la quería. Las personas no lo querían a él, así que un maniquí seguro que lo aceptaría tal y como era. Y una vez que estuvieran juntos en el cielo ella podría moverse y abrazarlo. «Un abrazo, solo un abrazo...que bien…», pensaba mientras se iba adormeciendo y su respiración se hacía más y más lenta. La cara de sus padres apareció en su mente. A ellos tuvo que engañarlos, se vio obligado a mezclar el contenido del frasco en su bebida para que lo tomaran. Al menos no sufrieron, pensaba ya casi dormido. «Pronto estaremos los cuatro juntos en el cielo, y todo será perfecto».

Joe Cocker cantaba su inmortal canción cuando el corazón de Daniel dejó de latir. El maniquí miraba con su rostro inexpresivo al infinito y, si no fuera cosa de locos, diría que una lágrima resbaló por su mejilla.



Rubén Peña

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