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El gusano

         EL GUSANO



 Frip frap frip frap, el pequeño gusano arrastraba su cuerpo blanquecino, casi transparente, por la encimera de mármol rosa de la cocina. No pensaba en nada, ¿piensan en algo los gusanos? Solo en comer, me dirás. Pero si solo piensan en comer, ¿qué piensan cuando ya han comido? No, volverás a decirme, puede que pensando que esto es una pérdida de tiempo, solo piensan en comer, da igual que hayan comido o no. De acuerdo, yo no sé en qué piensan, si es que lo hacen, los gusanos, solo sé que un pequeño, blanquecino y casi transparente, gusano, se arrastraba por la superficie de una encimera rosa. La encimera no mediría más de tres metros, pero tres metros puede ser una inmensa ciudad para un gusano, más que eso, puede ser el mundo entero. Sin embargo, el mundo se acabó. Un trozo de papel de cocina lo borró del mapa, lo despachurró, dejando la mitad de su cuerpo formando una fina y cálida linea sobre el frío mármol. 

La joven miró el papel con cara de asco mientras lo arrugaba y arrojaba a la basura. Cogió uno de los productos de limpieza bajo el fregadero, y roció el lugar donde antes estuviera el gusano. Siguió rociando, apretando el disparador compulsivamente, formando un charco de producto higienizante. A continuación restregó con ansia, casi con desesperación, más bien se diría que intentaba eliminar el color de la encimera produciendo un agujero en ella. Tiró también ese papel al cubo, y se lavó las manos con abundante jabón. La expresión de asco no abandonó su cara en ningún momento. Solo ahora que el jabón desaparecía por el sumidero su rostro empezó a adquirir una expresión normal. Después de guardar el producto de limpieza, observó el cubo de la basura, pensaba en que esa misma mañana había puesto una bolsa nueva, intentado recordar si había tirado algo más a parte de la cápsula del café. «Sí —se dijo—, el asqueroso gusano. Su mente le devolvió la imagen del rastro que dejó la mitad del insecto en la encimera, y empezó a imaginar la otra mitad del cuerpo regenerándose y multiplicándose dentro de la bola de papel. De inmediato, la expresión de asco volvió a hacerse presente en su cara. Abrió el cubo y sacó la bolsa, atándola con varios nudos y saliendo a la calle para tirarla a los contenedores; no podía soportar tener eso en su casa.

Mientras volvía, sacudiéndose las manos, vio fugazmente la hora en el reloj de pulsera. «Mierda», pensó, apresurándose a entrar para terminar de arreglarse; llegaba tarde al trabajo. Debería prescindir del maquillaje habitual, solo un poco de brillo de labios tendría que ser suficiente. Se colocó las zapatillas, y salió cogiendo la bolsa previamente preparada que colgaba en el pomo de la puerta de la cocina. El sonido de la puerta al cerrarse retumbó por toda la casa, recorriéndola, llenándola, y abandonándola con la misma rapidez. 

El silencio, con ese leve zumbido que a veces se produce en el aire, desbordaba ahora el hogar. Su blanca y gorda gata daba un salto para subirse a la cama, tumbándose en el sol y comenzando su ritual de baño con toda la tranquilidad y parsimonia del mundo. Desde la puerta acristalada del patio trasero, los ojos negros de un perro miraban al interior de la casa, esperando pacientemente a que su dueña volviera para que le dejara entrar. Allí se pasaría las siguientes seis horas, solo moviéndose para beber agua o echar una breve cabezada, aunque siempre con la atención puesta en el regreso de la mujer. Tenía esa sonrisa propia de algunos perros, con la boca entreabierta y los ojos ligeramente achinados. «Un perro que sonríe —leí una vez—, es un perro que muerde, o un maldito buen perro»; este parecía de los buenos. El aire comenzaba a asentarse en toda la casa, la gata bajó la frecuencia de sus lengüetazos, hasta quedarse quieta y dormida. El perro seguía mirando al interior, pero su sonrisa había desaparecido, las orejas permanecían tiesas, atento al sonido del coche aparcando en la acera, anunciando la llegada de su dueña. O tal vez escuchara algo, puede que escuchara un ligero y esponjoso frotamiento proveniente de la cocina. 

Frip frap, frip frap. Otro gusano, exactamente igual que el anterior, se deslizaba ahora por la pared de azulejos blancos. Era difícil verlo, pero si uno era un perro, y escuchaba con atención, oiría el movimiento lento pero incesante de su cuerpo. Y si uno era un gato, menos vago y más avispado que el de esta historia, podría ver el fino reguero de baba que dejaba a su paso, o mejor dicho, en su arrastre. El gusano siguió moviéndose por la pared, hasta llegar a la encimera. Se arrastró unos pocos centímetros y comenzó a trepar por la superficie lisa acristalada de un jarrón. Pronto estuvo trepando por el tallo de las flores que había en su interior, deteniéndose brevemente para otear en derredor, atraído por el olor de las flores. Se acomodó sobre los pétalos de una margarita grande y amarilla, decidido a tomarse un descanso. De repente sintió la necesidad de bajar, tenía que moverse, algo lo llamaba. No era un olor, no era nada que conociera, solo tenía que moverse; acudir. Pero eso sería más tarde, ahora estaba cansado, y la flor le proporcionaba un lugar tranquilo y cómodo donde detenerse bajo la luz del cálido sol de Mayo. 

El mismo sol calentaba a la gata, tumbada en la cama del dormitorio. Estaba completamente estirada, intentando que los rayos solares se repartiera de la manera más uniforme y suave posible por su cuerpo. Pero no lo conseguía, había estado enroscada y ahora tenía calor. Abrió los ojos unos dos milímetros, con gran esfuerzo, temblándole los párpados. «Bueno —pensó, cansada por el esfuerzo—, ya se pasará el calor». Volvió a cerrarlos del todo y se dio la vuelta, girando sobre su lomo abultado, como si de una pelota peluda con patas se tratara.

El perro dormitaba pegado a la puerta acristalada, con las orejas siempre alerta al sonido del coche. Los gorriones bajaban rápidos y picoteaban el pienso de su comedero, partiendo las bolas para poder alzarlas en el aire. Ese estúpido perro siempre se dejaba comida y nunca la defendía, pensaban con su vuelo alegre. El hocico comenzó a vibrarle, la boca se le abría y cerraba con rápidos y cortos movimientos, hasta que un sonido, mezcla de lamento y ladrido, salió de su boca. Parecía un niño murmurando, gritando con media y chillona voz, en sueños. Tal vez soñara con el regreso de su dueña. No, no movía el rabo. Puede que se viera a sí mismo envuelto en una pelea e intentara ladrar y gruñir para intimidar a sus contrincantes, pero no, los sonidos que emitía estaban mucho más cerca de ser graciosos que amenazadores. Quizás no era un sueño, si no una pesadilla. Puede que las tornas se hubieran vuelto y una enorme pelota de tenis, con una gran boca babeante y llena de dientes afilados, lo persiguiera. Tal vez corría por un prado lleno de hierba más alta que él, mientras el suelo retumbaba con cada bote de la pelota, cada vez más y más cerca. Si los perros sueñan, ¿por qué no pueden tener pesadillas? Y si las tienen, esta me parece tan buena como cualquier otra posible.


El coche llegó hasta la puerta de la casa, y antes de que la conductora tuviera tiempo de parar el motor, el perro ladraba nervioso, y la gata se desperezaba algo molesta. «Bueno —se decía mientras arqueaba la espalda—, bajaré para que me dé alguna caricia, y comeré algo antes de seguir con lo que estaba haciendo». La joven entró, encendió la luz de la cocina y dejó las bolsas de la compra sobre la encimera. El pequeño gusano se despertó sobresaltado. Ahora la llamada era más intensa que antes, no podía resistirse. Rodeó la flor, colocándose por la parte trasera de los pétalos para empezar a descender.

«Qué bonitas están las flores— pensó la muchacha—, sobre todo esa margarita». Se acercó para olerla, colocando la nariz a escasos dos centímetros de la flor, aspirando con fuerza y deleitándose con su aroma. El gusano sintió la flor, y por ende, el pétalo sobre el que estaba, moverse. Si hubiese estado del otro lado hubiera acabado dentro de la nariz de un ser humano.

La joven abrió la nevera y empezó a colocar en ella el contenido de una de las bolsas. Luego se dirigió al mueble más próximo a la ventana, en él, almacenaba los productos que no necesitaban frio: café, atún, arroz, galletas… Dio un salto hacia atrás al abrir el mueble, y la bolsa cayó al suelo. Dos pequeños gusanos estaban pegados al interior de la puerta, casi escuchaba sus dientes roer, riéndose de ella. Sin pensárselo, y movida por el asco, pateó la puerta, aplastando a los dos insectos con la suela de su zapatilla, la cual se quitó y arrojó por la ventana del patio delantero; la limpiaría mañana, o la tiraría, ya vería. 

No terminó de colocar la compra, le era imposible. Vació el mueble. Abrió uno a uno todos los botes, paquetes, y bolsas. «En algún lado tiene que haber algo podrido. De ahí salen». Sin embargo, todos los alimentos estaban bien. Examinó también el mueble vacío, alumbrándose con la linterna del teléfono; no había nada. «Por si acaso…», se dijo, y empezó a pulverizar el interior con insecticida. El pequeño gusano de las flores ya había abandonado el florero. Ahora hacía una pausa acurrucado junto a una de las bolsas de la compra.

—Esto no puede ser —dijo la mujer con desesperación.

Agarró las bolsas y las colocó en el suelo. El gusano no quedó al descubierto, ya que estuvo rápido y consiguió sujetar cuatro o cinco de sus muchas patas a la bolsa. Se llevó un bueno golpe, pero una vez en el suelo comenzó a arrastrarse. Ahora, fuera lo que fuera lo que lo atraía, estaba más cerca.

El perro ladraba impaciente, ¿por qué no me abres? Parecía estar diciendo. La gata observaba a su dueña desde la distancia, había llevado una silla a la cocina y estaba examinando la parte superior de los muebles. Tenía puestos unos guantes de goma amarillos, y sujetaba un bote del que salía un olor que le irritaba el olfato y le daba dolor de cabeza. 

—Nada, aquí no hay nada —dijo la muchacha bajando de la silla. 

La cocina no era grande, solo había una fila de muebles bajo una encimera en una pared, junto a una nevera. Encima del fregadero, dos muebles le servían para colocar los platos y los enseres de cocinar. Lo sacó y revisó todo. Abrió los cajones, intentando ver por detrás de ellos, buscando. Retiró el microondas; nada. Miró por las ventanas, salió al patio y buscó por la pared de la cocina; no había nada. Ningún alimento en mal estado, ningún animal muerto, nada de donde pudieran salir tan asquerosas criaturas. 

Eran las diez de la noche cuando por fin le abrió al perro, este entró como un toro desbocado, saltando sobre ella, corriendo a su alrededor, esprintando hasta la cocina y volviendo otra vez a toda prisa. Su dueña estaba sentada en el sofá, sin ganas de acariciarlo, ni de tirarle la pelota. El perro comenzó a morder la pelota con fuerza, con rabia, no sabía por qué, pero era como si estuviera enfadado con ella, como si le tuviera que ajustar las cuentas. «Cogeré algo de la nevera y me meteré en la cama— se decía la joven—. Ya está bien por hoy. No pienses más en los dichosos gusanos». 


Antes de las once ya estaba acostada. Todo era silencio en la casa. El perro se quedó dentro, tumbado bajo las sillas del salón, lanzando furtivas miradas a la pelota de tenis, que lo observaba con babas resecas. La gata yacía acurrucada en la cama, bien pegada a las piernas de su dueña, quería ronronear, pero el sueño empezaba a vencerla. En la cocina nada se movía, un olor penetrante a desinfectante, insecticida, y lejía, flotaba en el ambiente, la mujer lo percibía, «no pasa nada, me gusta», se decía, cada vez más y más relajada. El día había sido duro, pero ahora todo estaba limpio y no había de qué preocuparse, seguro que no quedaba en la cocina ninguno de esos indeseables y asquerosos seres. 

Pasados unos segundos, o unos minutos, o tal vez unas dos horas, quién sabe, en esos momentos en los que estamos entre el sueño y la vigilia el paso del tiempo es algo extraño; un par de horas de mal sueño pueden parecer todo un día, y ocho horas de plácido descanso unos segundos. Como decía, pasado un tiempo, la joven sintió que algo se movía en la cama. No era como si se movieran sobre ella. Parecía que algo vibraba, como si el teléfono estuviera sobre el colchón y zumbara como nunca lo había hecho. Su mano entumecida se movió hasta el interruptor de la pequeña lámpara. Era una de esa lámparas alargadas con bolas pastosas en su interior, que una vez se calentaban subían y bajaban, danzando en medio del líquido de forma hipnótica. La luz roja alumbró la habitación pobremente, dándole un aspecto de cuarto de revelado de los años 90. A los pies de la cama, vio a su gata observarla, estaba de pie, temblando intensamente. Algunos pelos caían de su cuerpo como las hojas de un árbol azotadas por el viento de otoño. Su abultado vientre se contraía y expandía, pareciendo reducirse con cada sacudida. Empezó a alargar la mano hacia ella, pero tuvo miedo, algo le decía que no debía tocarla. La gata no se movía, excepto por los temblores descritos, solo la miraba con los ojos negros teñidos de rojo e inundados de dolor; estaba sufriendo. Lanzó un maullido lastimero, corto y débil; entonces algo cayó de su boca. La joven se incorporó, acercándose un poco y entornando los ojos hacia el colchón. Con gran asco y miedo creciente, vio cuatro o cinco gusanos retorciéndose. Miró a su mascota, dispuesta a cogerla y sacarla de allí, pero esta volvió a lanzar otro maullido, esta vez más fuerte, cargado de dolor, y largo, muy largo. Empezaron a caer gusanos de su interior, a la vez que el vientre se desinflaba y el pelo caía como gotas gordas y pesadas de una lluvia de verano. Se tapó la boca, temiendo que alguno de esos asquerosos seres saltara hasta ella. Antes de darse cuenta de lo que en realidad estaba pasando, su gata desapareció. Centenares de gusanos formaban una bola que latía con vida propia en su colchón, devorando los últimos restos del animal. Una vez terminaran con ella empezarían a devorarse unos a otros, hasta que no quedara nada.

La mujer saltó de la cama, con el miedo azotando su espalda y desvocando su corazón. Bajó las escaleras, pensando solo en correr, en alejarse de allí lo más pronto posible. Pero cuando llegó al pasillo de la planta baja algo le cortó el paso. Una figura humana se recortaba en la oscuridad del corredor, contrastando con el leve resplandor emitido por la puerta blanca. El hombre dio un paso hacia ella, luego otro, caminaba lento, como si tuviera que hacer un gran esfuerzo en cada movimiento. Su figura parecía vibrar, haciéndose cada vez más grande, más amenazadora. La joven retrocedió, lanzando pequeñas súplicas al aire, llorando de miedo. Sin querer, rozó el interruptor del pasillo con el codo, y la luz inundó el pasillo. 

Lo que tenía en frente no era un hombre, ni siquiera era humano. Tenía la forma de un cuerpo, incluso se movía parecido, pero lo que le cortaba el paso y avanzaba hacia ella, eran miles de gusanos, amontonados, perfectamente unidos entre sí, formando una figura humana. Por todo el cuerpo del «hombre» palpitaban y se movían multitud de estos insectos, algunos recorrían toda la superficie, otros giraban y se enroscaban sobre sí mismos y sobre otros gusanos, algunos caían al suelo y eran reabsorbidos por el resto de la masa. En la cara, donde debían estar los ojos, aparecían unos gusanos negros más gordos que los demás, casi podía ver sus propios ojos, mirándola con voracidad. Un hueco se abrió en el rostro del monstruo, imitando la abertura de una gran boca lista para devorarla, en su interior, centenares de gusanos brincaban lujuriosos. La joven lanzó un grito desgarrador, pero este apenas duró un par de segundos, su corazón, que había ido cobrando más y más velocidad desde que viera salir el primer insecto de la boca de su gata, dijo basta. Se desplomó, los ojos quedaron fijos en el vacío, la boca torcida y desencajada, la piel pálida, y la expresión tensa y asustada.

La figura comenzó a disolverse, los gusanos cubrieron el suelo. ¿Qué hicieron a continuación? No lo sé. Tal vez no existieran, puede que todo fuera un sueño. Quizás penetraron dentro de ella y empezaron a devorarla poco a poco; un gran festín para degustar con cuidado y paciencia. Lo único cierto es que la encontraron cuatro días después, el Martes, muerta y en descomposición. 

El perro no se acercó al cadáver en ningún momento. Incluso estuvo a punto de morir de hambre. Lo hallaron tumbado bajo las sillas, inconsciente y con los restos de una pelota bajo el cuerpo. También presentaba algunas heridas que parecían provocadas por dientes, «puede que se mordiera a sí mismo», dijeron los veterinarios, pero bien sabían que esas heridas no eran por la mordedura de un perro; eran de dientes sí, pero de una dentadura que ellos no conocían.

La gata… No se encontró ninguna gata.


Cuando todo terminó, cuando la casa quedó vacía y todo el revuelo cesó, un pequeño y blanquecino gusano se deslizó bajo la puerta, saliendo a la calle. Algo lo llamaba, debía moverse.


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