Ir al contenido principal

 EL RETRATO



El retrato lo contemplaba silencioso desde la pared. La luz procedente de una vieja farola era la única que se atrevía a penetrar entre las sombras de la habitación, las nubes de humo de tabaco y la fragancia a alcohol, que impregnaban el ambiente. El hombre, al que escudriñaba el retrato, estaba sentado, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y los ojos casi cerrados. 

Una pequeña presión en sus piernas hizo que terminara de despegar los párpados. Azúcar, su pequeño gato, se había posado en sus muslos. Lo miró, con ganas de acariciarlo y de apartarlo de un manotazo a la vez, la boca se le agrió y desvió la mirada. Por un breve, pero a la vez interminable momento, sus ojos se encontraron con la mirada inmortal e inalterable del retrato. Rápidamente se incorporó y con movimientos torpes cogió el vaso de whisky de la mesa vaciándolo de un solo trago. El alcohol arañó su garganta y cayó como un saco de piedras puntiagudas en su estómago. Pero lo peor era la pena y la profunda tristeza que esos ojos colgados de la pared dejaron en su alma. Volvió a llevarse el vaso a la boca; estaba vacío. Estiró el brazo para asir la botella, vacía también. Reunió entonces toda la fuerza y ánimo del que era capaz, y con la promesa de un nuevo trago en la mente, se dirigió a la cocina. Azúcar lo siguió emitiendo pequeños y nerviosos maullidos; tenía hambre.

Ya no quedaba alcohol. Rebuscó nervioso por todos los muebles. Necesitaba beber, tenía que olvidar, quería dejar de sentir esos ojos acusadores perseguirlo por todos lados. Los notaba clavados en su nuca, los veía en la oscuridad del interior de cada armario. Deseaba, con todo su corazón, que esa mirada, que esa profunda tristeza que devoraba su alma, terminaran de una vez. Pero el hombre sabía con total certeza que eso nunca acabaría, él se lo había buscado, tenía lo que merecía. Comenzó a respirar con dificultad. Entonces lo vio. Sí, se dijo, esto servirá. Cogió el objeto y se sentó en el mismo sitio de antes. 

El aire penetraba con dificultad en sus pulmones, las lágrimas empañaban su visión y empezaban a resbalarle por las mejillas. Estiró el brazo izquierdo y acercó el cuchillo a su muñeca. Rápido, sin pensar, hundió la punta en su piel y deslizó el cuchillo hasta la mitad de su antebrazo. El frío del acero mordiendo su carne fue sustituido por el abrazo cálido y húmedo de la sangre. Soltó el cuchillo. Apoyó la cabeza en el sofá y respiró con alivio. El aire volvía a correr con normalidad, todo acabaría pronto. 

Giró la cabeza hacia la derecha, mirando al cuerpo que descansaba a su lado, observando los ojos secos y sin vida de su mujer. Todavía mantenían la expresión de sorpresa y miedo que adoptaran justo antes de que le estrellara el macizo cenicero de piedra en la sien. No podía soportar esa mirada, así que volvió la cabeza al lado contrario. Sus ojos se encontraron otra vez con la mirada de su esposa, esta vez retratada en la foto que colgaba de la pared. Ambas miradas se le grabaron a fuego en la mente, acompañándolo, persiguiéndolo y acusándolo, hasta su último y maldito suspiro.


Azúcar comprendió que no recibiría comida. Se subió de un salto sobre los muslos del hombre, y, relamiéndose, observó la sangre que empapaba el cuerpo y el sofá.


Rubén Peña.

Comentarios

  1. Genial relato que une una especial descripción y sentimiento para concienciar de dos finales que se podrían haber evitado. Enhorabuena.

    ResponderEliminar
  2. Otro fantástico relato con un final inesperado que transporta al lector al lado más oscuro de la naturaleza humana.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

PARPADEO Cerró los ojos. Solo fue un parpadeo, un rápido batir de párpados como el grácil aleteo de un pájaro para desplazarse de una rama a otra. Pero él no estaba en una rama. Sostenía en sus infantiles manos una cinta de video con demasiadas tachaduras en la etiqueta, la insertó en el reproductor y se sentó sobre la áspera y firme alfombra. En el pequeño televisor la imagen en blanco y negro le arrancó una ancha sonrisa. Contemplaba, por enésima vez, y con absoluta felicidad, a Tony Curtis y Jack Lemmon discutir sobre su futuro matrimonio. Era el final de la película, pero también era su parte favorita. Se acercó de rodillas hasta el video, colocando el dedo sobre el botón de rebobinar, esperando a la frase final para pulsarlo y ver la cinta de principio a fin. «Bueno, nadie es perfecto», dijo el televisor. Una suave carcajada de satisfacción brotó de sus labios, pulsó el botón y cerró los ojos durante un segundo. Solo fue un segundo, un pequeño, pero a la vez, gigantesco segundo. A...
ENTRE LA NIEVE Y EL OLVIDO Caminaba de noche, por una calle cualquiera del pueblo que le vio nacer, y que ahora se había convertido en el cementerio de su juventud. Escuchaba sus pisadas acariciar con firmeza el asfalto, mientras sentía la promesa de un nuevo y mejor año en el viento frío del invierno. Pequeños copos de nieve comenzaron a revolotear a su alrededor, besando sus mejillas y haciendo que mirara al cielo con ojos cargados de nostalgia. Pero su mirada pronto abandonó el brillo infinito de las estrellas que asomaban entre las nubes, y se centró en la cálida luz que escapaba del interior de la casa por el cristal de la ventana. Se quedó muy quieto, intentando escudriñar las entrañas de la vivienda, el calor de esa luz anaranjada, sin duda fruto de un buen fuego, lo llamaba. Pero no fue hasta que cerró los ojos que pudo ver con claridad; entonces observó con atención el interior de la casa. En su cuna la niña dormía. Estiró sus pequeñas piernas y lanzó un suspiro de placer que ...