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Sueños de papel


Se apartó de los demás, arrastrándose sin hacer ruido hasta un rincón. Cogió una de las muchas y roídas mantas desperdigadas por el suelo, y se cubrió con ella, cabeza incluida, para aislarse del mundo, y sobre todo, de la habitación, impregnada del olor a humo de chimenea, y del sudor de su familia. El tenue resplandor rojizo de las pobres ascuas que morían en el hogar se colaba por debajo de la manta, proporcionándole la luminosidad suficiente. Hurgó entre los pliegues de su ropa, hasta que sacó lo que buscaba. Las solapas de cartón desteñidas presentaban varios agujeros, pero ya se habían secado. Las desplegó, y un puñado de páginas, duras y amarillentas, refulgieron con luz propia, con la luz y la alegría que sintieron las palabras al ser observadas después de tanto tiempo. Deslizó los mugrientos dedos por ellas, con cuidado de no mancharlas, con miedo de borrarlas, y con un cosquilleo extraño recorriéndole las tripas y el pecho. El tacto de las páginas era suave y duro al mismo tiempo, parecía agarrarle los dedos con la fuerza de una caricia. Un aroma desconocido penetró por su nariz, haciéndole fruncir el ceño al principio, pero aflorando una sonrisa a su cara después; olía a viejo, mas al mismo tiempo, tuvo la sensación de estar sujetando algo novedoso, olía a papel, a tierra, a un sinfín de cosas que jamás antes percibiera con el olfato…le encantaba ese aroma. Cerró los ojos y aspiró con fuerza.


El sonido del aire penetrando con fuerza en sus pulmones hizo que algo se agitara en la habitación. Uno de sus hermanos se despertó, era el más mayor de todos, y actuaba como si fuera el padre de los demás. Empezó a contar las cabezas tumbadas a su alrededor, dándose cuenta de que faltaba una; no veía al más pequeño. Se frotó los ojos, cuyos párpados estaban pegados por el sueño, e hinchados por una infección. Buscó la cabeza de rizos rubios y desordenados de su hermano, a la vez que escuchaba las frías gotas de lluvia golpear el tejado de chapa. Comenzó a incorporarse, listo para salir a la calle, pero entonces lo vio; bajo una manta marrón, que en otro tiempo fue blanca, unos pies sobresalían por el extremo, y la forma de una espalda encorvada le indicaron que allí estaba el pequeño. «¿Qué coño haces ahí?», le dijo. Los rizos dorados asomaron, y unos ojos, de un negro azulado en la penumbra, pero azules como lirios bañados por el rocío del amanecer durante el día, lo observaron. «Nada. Creo que estoy malo. Déjame». Antes de que el mayor pudiera responder, el padre de ambos se revolvió. Dormía sentado en su sillón, el único de la estancia. Tenía los pies descalzos estirados, casi dentro de la chimenea. Al moverse, el botellín de cerveza vacío que descansaba en su regazo rodó hasta el suelo, y a la vez que tintineaba dijo, sin abrir los ojos y con la voz pastosa: «Cómo no os calléis la puta boca os echo a la calle». Los dos hermanos se miraron un segundo, tras el cual ambos enterraron la cabeza; uno bajo la manta, y el otro tras la espalda de su madre.


El número seis, como lo llamaba su padre, o gato, como le decían su madre y hermanos, debido al azul claro de sus ojos, único en la familia, volvió a sacar el libro, abriéndolo con cuidado de no hacer ningún ruido. Volvió a acariciar las páginas, oler su aroma, y maravillarse con esa luminosidad mística que desprendían las palabra. Poco a poco fue discriminando cada letra, cada sílaba, juntándolas luego en palabras, agrupando estas, y formando frases. «Cuanto más empinado se hacía el terraplén, más frenéticos eran los esfuerzos de la tortuga», leyó. No sabía que era un terraplén, pero lo dedujo en seguida; «terra» sonaba a tierra, y «plen» daba la impresión de que algo se caía, resbalaba. De inmediato pensó en una cuesta, una empinada subida de arena, llena de piedras redondas que hacía que te deslizaras, llenándote la boca de polvo. Los recuerdos acudieron raudos a su mente, a la vez que lo hacía el dolor a su espalda. Rememoró el día en el que ascendía por una cuesta, o mejor dicho, por un terraplén, cargando a su espalda con una bolsa demasiado endeble y pesada. Las piernas comenzaron a resbalarle, hundiéndose en la tierra sin encontrar un apoyo sólido. Al igual que hiciera la tortuga, comenzó a mover sus extremidades frenéticamente, provocando con esto la rotura de la bolsa, de la cual cayeron todas las frutas que su padre colocara minutos antes. Apenas le dio tiempo a volverse a mirar como las manzanas y melocotones rodaban por la cuesta, chocando y malográndose contra las piedras, cuando sintió el escozor de la dura mordedura de la vara de su padre, caer una y otra vez contra su espalda. Pensó en lo bien que le habría venido tener un caparazón como el de la tortuga, aunque claro, en el libro no leyó que nadie la azotara. «¿Se pueden comer tortugas?» Preguntó su estómago, el cual solo había recibido en ese día tres peras machacadas. Yo diría que sí –contestó–, pero claro, antes habría que matarla, y con el caparazón tan duro no sería fácil. Pero, como diría su madre; siempre hay una manera de hincar el diente. Ella comía de todo, aunque a su dentadura le faltaran más de las tres cuartas partes de sus piezas. Sin embargo, si le dabas el tiempo suficiente, se comía hasta los huesos de las manzanas, y las raspas de los peces que pescaban en la playa. Decidió por tanto, en total consenso con su estómago, que si alguna vez veía una tortuga la atraparía y se la daría a su madre.

Quiso seguir leyendo la historia de la tortuga, pero las siguientes páginas estaban rotas y manchadas, apenas se podía distinguir dos o tres palabras cada cinco o seis lineas. Pasó entonces varias hojas, entorno los ojos sobre las palabras y consiguió leer: «… y, fíjate, cuando haces ese curso hasta te consiguen un trabajo, es un curso de radio, un trabajo limpio y agradable, y con futuro. Vamos a vivir en la ciudad para ir al cine cuando queramos y…»  Tuvo que detenerse, ante la multitud de ideas y emociones que le asaltaron. Se tumbó de lado, colocando la cara muy cerca del libro abierto, aspirando su olor, y bebiendo su sabiduría, a la vez que pensaba en la radio. Le gustaba la radio, siempre que iban en la furgoneta, apiñados en la parte de atrás, él aguzaba su oido para escuchar las palabras y la música por encima de los traqueteos, quejidos, y lamentos del vehículo. Pensaba que los locutores que escuchaba no existían en realidad; hablaban muy rápido, muy bien, y con unas voces que no escuchaba en ningún otro lugar. «Tienen que hacerlo con un ordenador –le dijo uno de sus hermanos, el número tres–. Hoy en día lo hacen todo con ordenadores. Hay un ordenador que hace ordenadores. En China y en América todo el mundo tiene tres o cuatro ordenadores en casa que hacen todo», continuó diciendo hasta que otro hermano le interrumpió. A partir de ahí, se enfrascaron en una discusión sin sentido, que se perdía en la bruma de su memoria, sobre lo que podían y no podían hacer los ordenadores. La radio, seguía pensando con los ojos cerrados y una leve sonrisa perfilada en sus labios. Alguna vez intentó quedarse con alguna que encontró en la basura, abrirle las tripas y arreglarla. Pero su padre siempre se la quitaba y la cambiaba por algo, normalmente por cerveza o un par de cigarros.

Abrió los ojos y se fijó otra vez en las palabras leídas; …es un curso de radio… Un curso de radio, «en los cursos enseñan cosas…entonces los que hablan no son ordenadores, son personas enseñadas». Volvió a abrir los ojos de su imaginación, viéndose a sí mismo en el curso. Entraba en un edificio enorme, todo revestido de oro, o en su defecto de baldosas amarillas refulgentes al sol. Un ordenador con la cabeza y el cuerpo cuadrados, andando robóticamente, le daba la bienvenida. Lo acompañaba a una inmensa sala, repleta de computadoras enormes, con luces brillantes, y varias personas sentadas frente a ellas. Allí le enseñarían a hablar como a un locutor de radio, tal y como decía el libro: un trabajo limpio y agradable. 

En este punto su mente viajo a otro lugar. Sin esperarlo y sin saber cómo, se vio en un campo, rodeado de árboles, envuelto en la noche lluviosa. Varios de sus hermanos lo acompañaban, llenando bolsas de fruta robada. Su padre los esperaba en la furgoneta, con el motor en marcha, y la calefacción encendida; intentado exprimir la última lata de cerveza vacía.

Su mente aceleró, mostrándole entonces la carrera desenfrenada ante los perros, que ladraban y gruñían amenazadores. Uno de sus hermanos resbaló un poco al saltar la valla, recibiendo un mordisco en el talón. Estuvo varios días malo, con fiebre y temblores. Ahora caminaba con una ligera cojera, que se acentuaba los días fríos de invierno.


El sueño comenzaba a vencerle, es más, creía haber dado algún pequeño ronquido. Pero quería seguir leyendo. Haciendo un esfuerzo abrió los ojos. Tenía un dedo colocado sobre el final de la frase que leyera antes; …para ir al cine cuando queramos. Eso sí debía ser bueno, el cine. Pasó muchas veces por la puerta del cine del pueblo. Era un cine de verano, en el cual, si te colocabas en una de las esquinas de la calle de enfrente, podías ver un trozo de la pared que hacía las veces de pantalla. Su madre le dijo que una vez entró, y que la pantalla era tan grande que las personas proyectadas en ella parecían gigantes, y que el sonido de las voces y la música, parecía provenir de todos lados. «Si no tienes cuidado, puedes creer que estás dentro de la película; y asustarte de verdad».

Eso sí debía ser bueno, pensaba abrazando ahora el libro, rindiéndose al cansancio, con la esperanza de que el sueño lo transportara a una sala de cine.


El gallo cantó, agitando el aire del nuevo día que empezaba a despuntar, coloreando el negro cielo de gris y violeta, apagando las estrellas como lo haría un monaguillo con los cirios de la iglesia. Este cacareo sacó a nuestro niño de su sueño. No podía decir que país lejano, había visitado, o que extraña y vaporosa aventura había vivido; no lo recordaba. Se despertó feliz, feliz como hacía mucho tiempo que no estaba. Sentía un agradable cosquilleo en el estómago, y el aire penetrar con alegría renovada en sus pulmones; tenía algo nuevo, algo suyo, tenía su libro.

Lo abrió al azar, ya entraba la claridad del alba por la pequeña ventana, pronto sería de día y todos se despertarían. Solo quería leer un poco más, unas pocas lineas, entonces escondería el libro hasta que llegara la noche. Lo abrió pues, y rápidamente devoró las palabras, igual que haría un náufrago con un buen trozo de carne asada. «¿Alguna vez has visto un faisán, rígido y hermoso, cada pluma dibujada y pintada e incluso los ojos pintados, tan bonitos? y ¡bang! Lo recoges…ensangrentado y retorcido y has echado a perder algo mejor que tú; comértelo no llega a compensarte, porque has echado a perder algo en ti mismo y ya no tiene arreglo».

No sabía qué era un faisán, pero se imaginó a un enorme animal, altivo y hermoso, cubierto de plumas multicolores brillantes al sol. Sus ojos lo miraban, casi diría que le sonreían, invitándolo a montar sobre él, recostarse en su mullido plumaje, y volar lejos. Apoyó el libro abierto en su pecho, cerró los ojos, y voló muy alto. Pero unos pasos resonaron en lo más profundo de su ensoñación; el cazador se acercaba, con la escopeta lista para disparar al magnífico animal. Y de repente ¡bang!, la bala voló por el aire, su padre se agachó y le arrancó el libro de entre las manos. Abrió los ojos, y a la misma vez vio la cara de su padre mirándolo furioso y con desprecio, y los ojos del faisán abriéndose sorprendidos ante el impacto del proyectil, apagándose lentamente, hasta quedar sin vida y desaparecer. «¡¿Qué coño es esto?!» Rugió su padre, agitando el libro con desprecio, y manchando sus páginas con su perversa mirada. Su hijo pequeño, el número seis, no pudo decir nada, solo lo miraba con ojos temerosos.

El resto de la familia se despertó, observando la escena en silencio, tensos ante lo que podía acontecer. El cabeza de familia los miraba, con una sonrisa burlona y grotesca deformando su cara arrugada y arruinada por el alcohol. Sentía la superioridad propia de los seres inferiores que disfrutan torturando a los que son más débiles que ellos. Veía el miedo reflejado en los ojos de su familia, eso le daba fuerza, se sentía orgulloso. «No haces más que perder el tiempo con mariconadas», dijo escupiendo las palabras por toda la habitación. Se acercó a la chimenea y arrojó el libro en ella, ante el grito ahogado de su hijo pequeño. Las ascuas de la noche anterior eran ya casi todo ceniza, sin embargo, el caer del libro apartó esta ceniza, dejando al descubierto una brillante y ardiente brasa, que prendió con rapidez y voracidad el viejo papel. Las palabras ardieron, las frases, las ideas, la historia se consumió. Pequeños y negros trozos de papel carbonizado revoloteaban por la chimenea, mientras que el fuego se extinguió casi tan rápido como se había iniciado, como si estuviera arrepentido de lo que había hecho, como si quisiera terminar el trabajo cuanto antes y desaparecer ocultando la vergüenza en las grises cenizas.

El padre miró a su hijo. El azul de sus ojos lucía negro, las lágrimas dejaban surcos más claros en su piel ennegrecida por el polvo y la suciedad. Su rostro era largo y triste, tremendamente triste. Algo cambió en esa cara, ya no pertenecía a un niño de pelo rubio alborotado, ojos azul claro, y sonrisa pura e inocente. Ahora era el rostro de un alma rota encerrada en el cuerpo de alguien que a primera vista es demasiado pequeño para conocer tal dolor. Nunca más sería un niño, se acabaron las ilusiones, no habría más deseos de ir al cine, ni de perseguir tortugas, ni de volar sobre raros y exóticos animales. Nada de esperanza, nada de ilusión. Miraba la cara de su padre, veía la habitación que le rodeaba, y aceptaba que ese sería su futuro.

Su padre lo contemplaba. Un raro sentimiento se clavaba en su interior. Había disparado al faisán, lo sostenía entre sus manos, ensangrentado y retorcido. Pero lejos de sentir orgullo ante la muerte del animal, sintió que algo en él cambiaba, notó como una parte de sí mismo se iba para siempre. Mientras contemplaba el rostro de su hijo, supo que ya nunca sería como antes, no tenía arreglo.


Rubén Peña.


Comentarios

  1. Una descriptiva y emotiva lección sobre varias facetas simultáneas. Que un niño pequeño y pobre encuentre en la lectura de un libro que esconde cuál tesoro, la fantasía, el conocimiento y la ilusión, es bastante buena trama. Si a ésto, le añadimos la dureza de pertenecer a una familia extremadamente humilde y una figura paterna que se mueve entre el egoísmo, la ignorancia, la dureza y el alcohol, es donde ya el autor nos sumerge en una empatía hacia este niño de principio a fin. Fin que llega imprevisible e injusto, y entristece.
    Qué especial se vuelve el gesto de leer, cuando un libro lo sostiene unas manos pequeñas.
    Preciosa historia.

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